En Tánger la frontera es una presencia, se ve, aparece o se esconde alternadamente, pero se siente en todas partes: es el agua. En frente se vislumbra una línea continua: España, la última punta natural de Europa. Los candidatos a la partida clandestina, marroquíes, malís, senegaleses y otros africanos confluyen masivamente y de forma continua en Tánger. Se les llama en el dialecto marroquí "herraguas", los "quemadores". El quemador es el que está dispuesto a aceptar todo con tal de irse, el que no duda en quemar sus papeles, su identidad, con el fin de cambiar su destino y transformarlo en una empresa irreversible. Pero son, sobre todo, sus propias vidas las que se consumen en una lógica obsesionada entre la fatalidad y el juego, la violencia y la fe. "No hice un filme sobre la inmigración –dice la realizadora– hice un película sobre lo imaginario, sobre la espera y la tentación".